Aclaración: Este post lo escribí a las dos de la mañana de esta madrugada de viernes después de un ataque de insomnio por ver un final de temporada (no seré tan específica, pero en mi perfil de Twitter se darán cuenta de qué hablo).

Ya está, ya pasó. No me queda nada más por ver. Después de largos, y gustosos, meses de ver capítulos, ya se me terminaron las temporadas. Y como pasa habitualmente, me queda un sentimiento de vacío, común en estas épocas.
Aparte de esta sensación, después de ver un final de temporada pueden pasar dos cosas, dependiendo de dicho final: si termina bien, uno puede dormir más tranquilo; pero si no, ahí los quiero ver. Lo bueno de ese último momento es que todo está permitido: putear (a los personajes y a los escritores), patalear y llorar (desde un poquito o hasta pensar que estamos viendo Diario de Una Pasión, como me acaba de pasar a mí).
No es fácil para los seriéfilos como yo esperar de mayo hasta septiembre (u octubre, dependiendo del programa y el canal). Son cinco meses de expectativa, de morderse las uñas, de rezar porque ese personaje no se haya muerto y de mirar una y otra vez (y otra vez) todos los capítulos y los momentos más significativos, todo eso para calmar la ansiedad.
Pero no hay que desesperarse: septiembre, u octubre, siempre llegan. Y después todo vuelve a empezar. Es un círculo vicioso, una montaña rusa de la que nunca me quiero bajar.
Disfruten de uno de los recorridos más bellos que conozco… Ver series.
Hasta la próxima…


